Aunque no son del agrado para todos, los caracoles forman parte de la dieta humana desde la Edad de Bronce. Su consumo es muy común en la cocina mediterránea, sobre todo de Francia y de España, donde se guisan siguiendo diferentes recetas: con mantequilla y perejil (zona gala de Borgoña), a la brasa (Lérida), en caldo con hierbabuena (Jaén), con arroz (Valencia)… En la capital se pueden probar muchas de estas elaboraciones y también la versión ‘a la madrileña’, un plato típico de bares y tabernas castizas: a fuego lento, en caldo de carne concentrado, aderezado con embutidos de matanza, sofrito de verduras y guindilla.